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El mercado turistico en la Costa del Sol 16/08/2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Articulo escrito por Jose Luís Medina

EL MERCADO TURÍSTICO I

 

En los años sesenta Marbella se adentró en el mercado turístico. Comenzaron a proliferar los hoteles en una ciudad que se dedicaba a la pesca y al comercio en general. Eran escasos los hoteles construidos en la ciudad cuando el turismo eclosionaba en Marbella y se llenaban los hoteles y la ciudad, de turistas extranjeros. En su gran mayoría éstos eran nórdicos, los cuales venían atraídos por nuestras playas, nuestra gastronomía, nuestro buen clima y para su poder adquisitivo nuestro buen precio. El boom del turismo había llegado a nuestra ciudad para quedarse en ella, al menos, por varias décadas.

 

La oferta y la demanda en nuestra ciudad eran más o menos equitativa, es decir, albergaba los hoteles necesarios que necesitaba la ciudad para dar cobijo al turista que llegaba buscando pasar unas semanas de vacaciones. En la década de los sesenta y los setenta se hace prácticamente imposible para una persona de clase medía poder hospedarse en un hotel de cuatro o cinco estrellas, pues sus precios están muy por encima de las posibilidades reales de esta clase trabajadora española, por lo que son ocupados por turistas internacionales los cuales llegan con su divisa mucho más fuerte que la peseta, y gracias a ese poder adquisitivo llenan los hoteles de la Costa del Sol y por supuesto, de Marbella.

 

En los setenta continúa la expansión y proliferación de nuevos hoteles pero de una forma moderada. Marbella cuenta ya con hoteles consagrados y que han alcanzado un nombre relevante en el mundo del turismo. La ciudad comienza a venderse como una marca. Marbella pasa de ser el nombre de una ciudad, para convertirse en una herramienta de marketing para toda la Costa del Sol. La vecina Estepona también se apunta al carro del turismo, no en tan gran medida, pero se construyen sus dos hoteles más antiguos y emblemáticos. En los sesenta se construye el hotel Atalaya Park, y en los setenta el hotel El Paraíso.

 

A partir de los ochenta, todos los hoteles llenan en la temporada estival y se defienden en la temporada de invierno con la llegada de golfistas a nuestra costa en busca de buen clima para jugar a su deporte favorito, “el golf”, y para pasar una semana completa de vacaciones. Es ya a último de los ochenta y principio de los noventa, cuando comienzan a proliferar en Marbella y Estepona los campos de golf dejando un poco al lado su reconocido nombre de la Costa del Sol, para también denominarse la Costa del Golf. Es ahí cuando el turismo comienza a cambiar, no se trabaja ya sólo con el turista de verano o turista de playa, sino también con el turista que viene a jugar al golf. El cual juega al golf por las mañanas, almuerza en los mismos campos de golf, después tras una buena ducha por la tarde, en su hotel, se reunían en el bar del mismo hotel para degustar unas cuantas copas como aperitivo, para a continuación, en taxi, desplazarse al restaurante elegido para disfrutar de una buena cena. Este turista es el que trajo la mayor prosperidad a la Costa del Sol y en definitiva a Marbella y sus alrededores, en estos últimos tiempos.

 

Pero la crisis económica mundial, unida a la devaluación de la moneda de estos clientes –la libra-, les hace imposible continuar disfrutando de ese nivel de vida del que se aprovechaban antes y nosotros recogíamos los frutos. Esto unido a nuevos destinos de golf y playa como puede ser Dubai, hace difícil el mantenimiento de toda la infraestructura creada durante esta última década, la de los noventa y principios del siglo XXI. En los que florecieron los campos de golf, los cuales hoy son sostenidos por sus socios pagando una cuota anual para disfrutar de sus instalaciones. Pero no ocurre lo mismo con los hoteles construidos durante esta última década, los cuales se ven desprovistos de este cliente potencial del cual hemos vivido durante estos últimos años. Creándose una competencia atroz ya que los hoteles florecieron por encima de la demanda real, estando acostumbrados a oír el “completos” y al precio que dictaba entonces el empresario durante la década 1.996-2.006. El pastel a repartir parecía hacerse más grande, pero sólo fue un reflejo que terminó siendo sólo un apercibimiento. Quizás un sueño.

 

Pero entonces, los hoteles llenaban en verano y durante el invierno se mantenía una ocupación capaz de mantener los hoteles y restaurantes abiertos y generando ingresos. Sino todos, la mayoría de ellos.

 

El trabajador del sector hostelero sabía que trabajar en un hotel era la mejor opción, porque no faltaba el trabajo en todo el año y se respetaban más los derechos de los trabajadores, tales como días libres, vacaciones y un puntual pago de las nóminas. Puede que alguno al leerme esto, se le suelte alguna que otra lágrima.

 

Digo esto porque esa época de bonanza y prosperidad ha pasado y nos ha abandonado. El caso acontecido recientemente en el Hotel Los Monteros no es un hecho aislado. Son algunos los hoteles en la costa en los que se le adeuda ya a sus empleados algún que otro mes de sueldo, y otros en los que han de pagar en varias cantidades y a duras penas durante el mes, y con grandes retrasos. Pero, ¿Qué está pasando? ¿Por qué este cambio tan drástico en el panorama hotelero? Primeramente decir que la crisis internacional ha ahuyentado al cliente que estábamos acostumbrados a albergar. Poco a poco, la calidad de la clientela ha disminuido enormemente. Cuando hablo de calidad me refiero naturalmente al poder adquisitivo de éstos y a la exigencia en la calidad de los servicios por parte de los que nos visitan. Hoy tenemos peor calidad, pero a un menor precio. Y esto es aceptado por parte de la gran mayoría de los clientes. Por otro lado como he dicho anteriormente en la costa hay una sobreoferta de plazas hoteleras y la competencia entre los hoteles es feroz. La mayor parte de ellos han apostado por competir en la oferta de precios en lugar de en la calidad del servicio. Esto ha producido la rebaja en la calidad del cliente, y esos que tomaban varias copas en el bar del hotel antes de salir a cenar al restaurante de la ciudad en taxi, ahora hacen “botellonas” en las habitaciones y después degustan la cena buffet de la media pensión que el hotel les ha vendido a un precio irrisorio. Pero, ¿Puede mantener un hotel un estándar de calidad y de servicio, a los precios que actualmente se ofertan en la Costa del Sol? La respuesta y más, la próxima semana.

 

EL MERCADO TURÍSTICO (Y II)

 

La semana pasada nos quedamos en la pregunta; ¿Puede mantener un hotel un estándar de calidad y de servicio a los precios que actualmente se ofertan en la Costa del Sol? Obviamente no. Hay hoteles que llegan a colgar el cartel de completos pero que a fin de mes el resultado financiero obtenido es sinceramente lamentable. Como dice el dicho; mucho ruido pero pocas nueces. Una empresa hotelera no puede subsistir de ese modo y en estas condiciones de crisis, menos aún, al menos por mucho tiempo. Primeramente quiero decir que yo mismo defendí en este diario en un artículo al que llamé ¿Turistas de bocadillo? Si, gracias. que no había que menospreciar al turista de bajo poder adquisitivo que llegaba a Marbella, pues ellos pagaban al fin y al cabo nuestras hipotecas y eran los que nos daban de comer en esos momentos en los que la crisis comenzaba a eclosionar. Aunque eso si, sin descuidar al cliente de alto poder adquisitivo que hemos tenido en la costa en estos últimos años y que por alguna razón se ha perdido. En mi opinión por la sobreoferta de plazas hoteleras, la cual ha traído el abaratamiento de los precios, y consecuentemente, la reducción de la calidad en el servicio. 

 

Pero entonces, ¿Cuál es la solución o posibles alternativas? Pienso que tenemos una difícil papeleta ante nosotros, y que aunque soluciones y alternativas, haberlas haylas, ninguna de ellas sean demasiado halagüeñas. Yo las resumiría en tres opciones distintas. Son estas;

 

Primera, recortar aún más los servicios para poder mantener los precios que se están ofertando. Suprimir servicios tales como los de restaurante, bares, piscina, etc… Porque la única forma de recortar precios es recortando gastos. Los gastos que se han recortado ya han sido notables, pero por lo que se ve, no son suficientes. Algunos de esos recortes en el servicio han sido impuestos desde la Junta de Andalucía, como la de suprimir el servicio de autobús gratuito que algunos hoteles situados en el extrarradio de la ciudad ofrecían a sus clientes –según la junta- por competencia desleal a las empresas de transporte. Esto ha ocasionado que muchos hoteles pierdan clientes por este hecho, puedo dar fe. Otros recortes notorios –ya por parte de las empresas- han sido el recorte de servicios, de personal y de profesionales; un ejemplo es el típico y útil botones, el cual no sólo le subía el equipaje al cliente que lo requería sino que se utilizaba para realizar otros muchos menesteres. He de decir que esta primera alternativa expuesta, la considero cortoplazista y que puede ser una solución momentánea pero nunca definitiva.  

 

Segunda, Apostar por la calidad del servicio aunque eso suponga aumentar los precios. De momento, esta alternativa es difícil, pues ha calado ese mensaje de marketing empleado por una cadena de electrodomésticos que dice; “yo no soy tonto…”. Por lo tanto hasta que no se produzca la tercera alternativa que voy a explicar a continuación, sería una temeridad aplicar esta segunda alternativa hasta entonces. 

 

Tercera, dejar que el propio mercado suprima la sobreoferta de plazas hoteleras existentes a día de hoy. Si, estoy hablando incluso del cierre de hoteles. Aquellos que sean débiles y no puedan sobrevivir a la competencia que en estos momentos se está llevando a cabo tendrán que sucumbir. Los fuertes ganarán, los débiles caerán. En estos momentos hay un pastel que hay que repartir entre veinte cuando hace años se repartía el mismo pastel entre cinco. Por desgracia, el volumen del pastel no ha crecido, tal como muchos empresarios que invirtieron su dinero en construir hoteles en la zona, previnieron. El pastel es el mismo, sin embargo los comensales son más del doble, por lo tanto no hay pastel suficiente para todos. Ahora están compitiendo en precios para llevarse el gato al agua, sin embargo, como ya he dicho, la sostenibilidad de la empresa con esta estrategia resulta imposible si se siguen ofreciendo los mismos servicios. Bueno si, solo a coste del beneficio, llegando a no obtener ninguno o incluso caer en el déficit. No se puede abaratar precios manteniendo el coste. O se “abaratan” los servicios, o se elevan los precios. De momento estamos en el ver –con perdón por la expresión- quién mea más largo. Quién aguanta por más tiempo en esta dura lucha por mantenerse abierto, mientras otros sucumben. En una economía de mercado veremos los acontecimientos venir, sin embargo, no podemos permanecer impasibles ante tales acontecimientos. Hay que buscar alternativas, dicen que las crisis hacen crecer el ingenio, y eso debemos hacer, emplearlo para continuar en la brecha y prosperar.

 

Pasando a lo político, esta semana hemos tenido la noticia de que en Marbella tendremos el nuevo laboratorio de inteligencia turística, “como si hasta ahora no se hubiese pensado en cómo incentivar la llegada de turistas a la costa, o el problema fuese la falta de inteligencia en el sector”. El proyecto tiene una inversión de entrada de 1,8 millones de euros financiados por el ejecutivo andaluz. En mi opinión esto sólo servirá para emplear a más funcionarios que no conseguirán nada y para gastar dinero público que como dijo una ministra del gobierno central, no es de nadie. Mientras el gobierno autonómico aprueba esta partida presupuestaria, presume de proteger a los trabajadores andaluces. Eso si, permitiendo que trabajadores como los compañeros de Los Monteros permanezcan siete meses sin cobrar su sueldo y sin ninguna protección social. Sólo aquella que le ofrece esa institución tan menospreciada por los distintos gobiernos pero que es en definitiva la más importante y solvente de todas; la familia. Todos los políticos han aprovechado la ocasión para ir a mostrar su solidaridad a los trabajadores de Los Monteros y de paso a hacerse la foto junto a ellos. Ninguno ha considerado ni pedido la posibilidad de ayudar a estas familias de alguna forma sin tener que esperar a que pierdan su empleo y entonces otorgarles el subsidio por desempleo. Eso si, cuando todo está ya perdido.

 

El sector turístico en la Costa del Sol tiene ante si un panorama complicado. Esto no es solo cosa de los compañeros de Los Monteros, aunque ellos son los primeros que se han visto afectados, pero muchos otros vamos poniendo nuestras barbas a remojar.

 

Donde los políticos deberían habernos ayudado, es en que el tren que cruza toda la Costa del Sol, no fuese un proyecto sino una realidad. Señores, andamos por el año 2.009 y aún estamos así. Son las infraestructuras las que deben ser mejoradas con el dinero de los ciudadanos, y dejarse de chorradas de laboratorios de inteligencia, que como laboratorio que es, si no descubre la pócima mágica que convenza a los turistas de visitar la Costa del Sol, no servirá para nada. Servirá para gastar un dinero del que los ciudadanos no disponemos y que deberemos pagar para hacer ese seudo proyecto efectivo.   

 

Ante semejante panorama, sólo nos queda apretar los machos y ver hasta dónde llegamos.

 

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